Youkoso Jitsuryoku Shijou Shugi no Kyoushitsu e Volumen 3 - Prólogo

EL MONÓLOGO DE CHABASHIRA SAE 



Hay muchas historias en la mitología griega que incluyen las sospechas humanas, el odio y los celos. ¿Alguna vez has oído hablar de las alas de Ícaro? Aquí un simple resumen de eso. 

Una vez, en Grecia, hubo un gran inventor llamado Daedalus. Daedalus recibió la orden del rey Minos de construir un laberinto donde el monstruo Minotauro sería confinado. 

Sin embargo, más tarde, fue abandonado por el Rey Minos y terminó siendo confinado en una torre junto con su hijo Ícaro. Daedalus, para escapar de la torre en la que fueron encarcelados, logró reunir todas las plumas de las aves que pudo encontrar, para poder fabricar alas más grandes. Las plumas grandes se sujetaron con hilos, mientras que las pequeñas con cera. 

Pronto, completó las alas y, a petición del hijo que le preguntó cuándo podían volar libremente, Daedalus, como padre, le advirtió: “Si vuelas demasiado alto, las alas que están reforzadas con cera se quemarán con el sol y se derretirán. ¡Ten cuidado!”. 

Ícaro, que recibió un consejo tan precioso, se fue volando de la torre con su padre. Luego llegó la Libertad. Pero la libertad, en algunas ocasiones, es algo peligroso porque hace que uno pierda de vista su propio ser. 

Con la libertad extendiéndose ante sus ojos, Ícaro se intoxicó con ella. Tal vez era inevitable. Era como la ruptura de una situación dolorosa y contenida. 

Completamente fascinado por la libertad, olvidó el consejo de su padre y voló más y más alto. El ala construida como una de un ángel falso fue quemada por el sol y la cera se fundió en un abrir y cerrar de ojos. 

Finalmente, las alas falsas se quemaron por completo. Ícaro cayó al océano y murió. 

¿Icarus era simplemente un hombre valiente que saltó al cielo para obtener la libertad? ¿O era un hombre arrogante que creía haber alcanzado el sol y sobreestimó su propio poder y capacidades? Tal vez, a excepción de su propio padre, nunca nadie lo sepa. 

Ahora, no sé por qué me acordé de las alas de Ícaro cuando me encontré frente a un chico en particular. Comparando esto con varias situaciones, sentí que él es el más cercano a esa figura. Sin embargo, de inmediato me di cuenta de que ambos eran radicalmente diferentes. Porque este chico no tenía el coraje ni la arrogancia de Ícaro. 

Estaba siendo presionada. No tuve más remedio que hacer esto. 

No había otra forma de lidiar con esto, sino incurrir en el desagrado de este chico. 

No podía hacer otra cosa que comportarme firmemente y con coraje hacia el chico que dirigía su ira silenciosa frente a mí. 

No puedo regresar un dado lanzado a su posición original. 

Porque la puesta ya ha comenzado.





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